El lado oscuro de la vocación

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En 1 minuto: ¿Te gusta tu trabajo?

La vocación es un concepto abstracto, complejo, bastante romántico y muy utópico compuesto por material sensible como los sueños, la ilusión o las convicciones personales. También es un concepto volátil, cambiante, que se transforma a lo largo de la vida laboral, sobre todo porque, por lo general, y salvo honrosas excepciones, se topa de bruces con el duro y frío muro de la realidad de un mercado de trabajo que oprime esas vocaciones y no permite que las personas se desarrollen laboralmente.

La Real Academia de la Lengua define vocación, en su tercera acepción, como la inclinación a un estado, profesión o una carrera. Esa llamada, que responde a la afición, preferencia, proclividad, tendencia, aptitud, gusto por una labor determinada y no otra, nos lleva a dar los pasos necesarios para alcanzar la meta y poder dedicarnos a ese algo que definitivamente, llenará nuestras vidas y les dará sentido.

Pero, lo cierto es que la mayor parte de la gente no trabaja en lo que le gusta, muchos de los que trabajan en lo que pensaban que era su vocación se dan cuenta en realidad no era lo que ellos pensaban y solo unos pocos privilegiados viven el sueño que imaginaron.

Por lo general, la vocación es algo tremendamente positivo. Se tiene vocación porque se piensa que es posible cambiar las cosas, transformar el mundo, mejorar la vida de las personas a través del trabajo personal. Hasta ahí bien, pero a lo largo de la historia, muchas vocaciones científicas, políticas, artísticas, que han cambiado el mundo con sus descubrimientos, luchas o su arte, se han visto pisoteadas, invisibilizadas, explotadas, olvidadas o han muerto en la pobreza.

La realidad es que hay que tener cuidado. La vocación puede convertirse en una trampa, porque, muchas veces, cuando el mercado laboral detecta esa energía, esas ideas novedosas, los descubrimientos… lo canaliza en su propio beneficio para llevar a cabo sus propios intereses y no da oportunidades.

La sociedad nos envuelve, la cultura nos empapa, la publicidad nos tienta… y el capitalismo, es una lluvia fina que cae sobre todo y sobre todos, calando poco a poco. Nos muestra que hay ganadores y perdedores, éxito y fracaso, y lo peor de todo, nos da a entender que podemos elegir, si nos esforzamos mucho.

Es la cultura del esfuerzo, la teoría del hombre hecho a sí mismo, del american way of life, el yo salí de la nada y he labrado mi propio destino… o lo que es peor, la cultura del sacrificio. Vamos, convencernos de que si quieres hacer lo que te gusta o quieres ser alguien en la vida debes emplearte a fondo, trabajar las 24 horas del día, hacer lo que haga falta, pasando por tolerar la precariedad. Y lo peor es que nos lo hemos tragado. Pura ideología tóxica.

Si te esfuerzas conseguirás tu sueño

Desde muy pequeña Amaia quería ser periodista. Lo tenía claro, quería contar historias que cambiasen la vida de la gente e hizo todos los esfuerzos para lograr entrar a trabajar, con un contrato en prácticas, en un medio de comunicación. Lo consiguió y, una vez dentro, se dejó la piel cada día durante varios años para que le hicieran un contrato indefinido.

“La realidad era que me contrataron a tiempo parcial, con un sueldo de mierda y unas condiciones laborales pésimas”.

Amaia, periodista.

“Hacía cosas que me gustaban, me encantaba mi trabajo y me hicieron fija. Debería haber sido la persona más feliz sobre la faz de la Tierra, pero la realidad era que me contrataron a tiempo parcial, con un sueldo de mierda, y unas condiciones laborales pésimas” cuenta a In Itinere.

“Trabajaba muchas más horas de las que tenía establecidas en el contrato, sin horarios y, el sueldo no me permitía tener un plan de vida”. Tres años después, la situación seguía siendo la misma y empezó a pasarle factura a su salud, así que y decidió dejarlo y probar con una oposición. “El sueño se rompió. Me di cuenta de que el trabajo no lo era todo”.

La realidad y el deseo

El de Amaia no es un caso aislado. Aunque la vocación no está relacionada con la edad, a muchos jóvenes les sucede lo mismo que a ella. Entran a trabajar llenos de ilusión y expectativas y, terminan pasando por la trituradora del mercado laboral.

Las empresas se aprovechan de esta ilusión y de las ganas todo lo que pueden, hasta que los jóvenes se cansan de no ser valorados y buscan otros empleos. Entonces la rueda comienza de nuevo, con otros jóvenes distintos.

Amar tu trabajo es maravilloso y, a pesar de no ser tan común, es lo más deseable, pero no puede ser algo por lo que debamos renunciar a un trabajo digno, unos derechos laborales o unas buenas condiciones de trabajo y menos aún, sacrificar nuestra vida personal. Trabajar para vivir, no vivir para trabajar.

Vocación versus profesión

A María le pasó algo parecido. Estudió Filología Clásica, y tenía clarísimo que quería enseñar, transmitir su pasión por las lenguas clásicas, la base de nuestra cultura. Consiguió su sueño y leva años siendo profesora de griego y latín, pero su profesión no era lo que ella pensaba, y, por desgracia, en ocasiones la profesión acaba con la vocación.

En los centros educativos en los que ha trabajado, además de enseñar, ha tenido que “comulgar con ruedas de molino”. “Tienes que defender tus materias no sólo de la administración, que año tras año ha ido despreciándolas bajando las horas lectivas, sino de tus propios compañeros, que consideran que son asignaturas de segunda. El caso es que todo el mundo menosprecia tu trabajo, no reconocen tu esfuerzo, tu pasión, y esto lastra. Por mucho que te guste y por mucho empeño que le pongas, te vas desilusionando”.

Vivir para trabajar

Cuando cumplió 38 años, Sergio decidió dejar el bufete de abogados en el que trabajaba. Había pasado de amar su trabajo a no poder soportarlo. “Vivía para trabajar y abandoné otros sueños como el de tener una familia propia, comprar una casa o viajar”.

“Tenía la sensación de haber perdido muchos años de mi vida y de que debía empezar de cero”.

Sergio, abogado.

“Tenía la sensación de haber perdido muchos años de mi vida y de que debía empezar de cero. Es una pena, pero no me importaba nada cambiar de profesión, de hecho, quería hacerlo, había perdido la ilusión inicial y ya no era tan joven. Mi vocación se quedó en el camino, junto con todas aquellas cosas que aquel trabajo soñado me impidió conseguir”.

Empezar a trabajar, dejarte la piel, la energía, la ilusión, la juventud incluso, darlo todo por hacer algo en lo que crees y a cambio, tener un sueldo de mierda, condiciones laborales penosas, ver cómo pasa el tiempo y que esto no mejore y no te permita evolucionar, emanciparte, tener un plan de vida.

¿Dónde queda la vocación cuando no te da de comer?

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